
Todo comenzó hace aproximadamente un año, cuando una mujer joven, una vagabunda que dormía en la calle desapareció sin dejar rastro. Podría decirse que más que desaparecer “dejó de ser vista”, ya que como sucede con esta clase de gente, los sin techo, trotamundos errantes o no, mendigos o no, forman parte de nuestro paisaje urbano. Nos acostumbramos a verlos todos los días cuando vamos o volvemos del trabajo, o cuando damos un paseo; hasta que un buen día percibimos que algo no es igual que ayer, que aunque no sabemos muy bien qué ha ocurrido nuestro horizonte habitual ha cambiado. Exactamente eso es lo que pasó con esta mujer. Nadie sabe en qué momento dejó de habitar su parterre. Todo el mundo notaba una sensación extraña, como cuando sales de casa con el convencimiento de que has olvidado algo y no alcanzas a adivinar qué es. Hasta que un día alguien comentó: “oye, hace días que no veo a esa mujer. ¿Recuerdas cuando fue la última vez que la viste?“. Otros afirmaban: “tienes razón, ha desaparecido. ¿Sabes cómo se llamaba?“.
Y lo que comenzó siendo un rumor de gente que habitualmente pasaba por allí, es decir, por aquel céntrico parterre, terminó estando en boca de todos los habitantes de la ciudad. Hasta tal punto, que lo que en otras circunstancias a nadie le hubiera preocupado por no haberse presentado denuncia alguna, supuso la petición de abrir una investigación por parte de los más altos responsables del poder político. Ya había un caso, tan extraño como que nadie había presentado ninguna denuncia y tan incierto como que la desaparecida parecía una vagabunda más, sin nombre, sin señas, sin familia o amigos conocidos. Y la cuestión es que ese caso me lo habían asignado a mí. Así es la crueldad del comisario. Probablemente para darme a entender que yo merecía llevar “ningún caso”.
No obstante, no me amilané. Pensé, como siempre para darme ánimos, que si alguien era capaz de enfrentarse a ese tipo de situaciones, ese era yo, el inspector Álvarez. Abrí un expediente, y comencé a planificar mi trabajo. “Metodología, metodología e investigación” me decía constantemente. En los primeros días, salí a la calle. Traté de contactar con posibles testigos de la desaparición de aquella mujer, pero no los había. Sólo encontré personas que divagaban sobre su edad, complexión, o carácter. Unas decían que se trataba sin duda alguna de una mujer joven, de rasgos bondadosos. Otras afirmaban que estaba muy bien alimentada a juzgar por su rollizo cuerpo. Incluso había quien se atrevía a ponerle color a su pelo, a pesar de que siempre lo llevaba cubierto por un pañuelo. Castaña, morena, pelirroja... no importaba, no tenía nada, absolutamente nada que pudiera servirme para resolver su desaparición. Fueron pasando los días y las semanas y yo, al igual que los viandantes, fui olvidando a aquella mujer a la que veíamos de vez en cuando dormida dulcemente sobre su parterre.